Papel Vivo trabaja cada tarjeta como si fuera a imprimirse, aunque después viaje por mensaje. Esa decisión ordena todo lo demás: la paleta se apoya en terracota, verde oliva y crema, los fondos tienen una textura que imita papel y las ilustraciones se resuelven a mano, sin volumen ni brillos. La tipografía serif, con algunos trazos caligráficos en los nombres, mantiene el tono de una felicitación escrita y no de una pieza publicitaria.
El estilo gráfico se elige por ocasión
Un agradecimiento pide acuarela, con sus bordes suaves y su ritmo lento. Un cumpleaños admite collage, más lúdico y con varias capas. Cuando la dedicatoria es lo importante, la tipografía expresiva toma el centro de la composición. Y si la tarjeta va a leerse en una pantalla chica o imprimirse en casa, las líneas simples sostienen mejor la claridad. Cada estilo conserva la misma base de color, así una serie enviada a lo largo del año se reconoce como parte del mismo catálogo.
Personalizar sin romper la unidad
Los nombres, las dedicatorias y la paleta se ajustan dentro de la composición, no por encima de ella. Cambiar el color de fondo obliga a revisar el contraste del texto y el peso de la ilustración; agregar una dedicatoria larga puede pedir una versión más extensa, con más aire alrededor de la frase. Por eso cada pieza se entrega en dos formatos: uno breve para estados y otro más desarrollado para acompañar un regalo. Los dos salen del mismo archivo y comparten paleta y tipografía, de modo que el mensaje no cambia de tono entre uno y otro.
Qué queda fuera de la propuesta
El estudio trabaja desde Buenos Aires y no se ocupa del envío postal ni de la logística de entrega: la tarjeta se descarga en alta resolución y queda lista para compartir o imprimir. Tampoco promete plazos de respuesta ni funciones que el sitio no ofrece. Lo que sí está definido es el criterio editorial: piezas cuidadas, con ilustración propia y una estructura que aguanta tanto una pantalla de celular como una hoja A5 sobre la mesa.